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Imaginen un lugar invertido. Para ello, es necesario pensar primero en un lugar -un espacio- cualquiera que sea posible imaginar o recrear desde nuestra memoria: una habitación, un salón, un vecindario, una ciudad, lo que sea. El sentido de este espacio se constituirá en base a la lógica que guarden los elementos dispuestos en él. Y la posición de estos elementos, a su vez, se dará en función de otras lógicas o necesidades (pensar en esto es necesario para imaginar la inversión de este lugar: identificar qué es lo que tiene y que orden tiene). Estas premisas pueden entenderse como la afirmación de que todo lugar está constituido necesariamente bajo una funcionalidad. Si lo pensamos bien, por más arbitraria, caótica o inútil que sea esta organización (o no organización), esto es cierto. Una vez dibujado ese espacio en nuestra mente, pensar en invertirlo significará posiblemente producir un efecto espejo hacia alguna dirección: invertir el orden dispuesto; que bajo algunas perspectivas implicará invertir la funcionalidad. Lo que antes funcionaba hacia la derecha, funcionará ahora hacia la izquierda o, quizás, lo que antes funcionaba de abajo hacia arriba, funcionará ahora de arriba hacia abajo. Sin embargo, hay otra forma de pensar esta idea, acaso de manera más abstracta e invisible a nuestros ojos: invertir el sentido y la funcionalidad de los elementos, o invertir el sentido y la funcionalidad del lugar mismo. En este punto no hablo más de su materialidad, sino de una funcionalidad a la que están arrojados o incluso lo que representan. Podemos imaginar un objeto que existe ordenadamente e invertirlo, pero ¿podemos imaginar la inversión de su función? Por ejemplo, la inversión de la función de un dado que opera bajo las condiciones del azar ¿qué es lo opuesto al azar y como ese opuesto reacondiciona la materialidad de este objeto, el dado? Este breve ejercicio nos sirve para entender que hay una idea abstracta y personal -o acaso social- de equilibrio asignado a las cosas, una forma y posición en la que encontramos un sentido del orden, constituido bajo condiciones que muchas veces ni siquiera son producidas de forma racional. Ante esta idea, pensar en conceptos como composición, equilibrio u organización, puede ser develador cuando se identifica a un sujeto social que es parte de una tradición de pensamiento; reconocer que existe un canon, una norma socialmente aceptada para las cosas, una historia que determina su sentido y un contexto que determina la posición de las cosas que nos rodean incluso en los espacios más personales. Lo interesante de esto parte del ejercicio propuesto al inicio: imaginar el reverso desestabilizante y las condiciones que cambia en la subjetividad personal. Pero esta es también una metáfora del exterior mismo, del espacio total y cuestionarse qué puede desestabilizarlo, producir su regresión o acelerar su destrucción, manifestaciones que pueden ser entendidas como transicionales hacia ese paso a la inversión total del sentido y la materia. ¿Qué hay de los objetos que son materialmente iguales en todas sus posiciones e invertirlos no significa alterar de forma alguna su forma visible?
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